Recordar

Pensamientos e ideas... un poco desorganizadas... de un melancolico

En alemán, begleiten significa acompañar. Hoy quiero explorar ese concepto como una posible respuesta a Alleinsein. Desde cierto punto de vista parece la respuesta más apropiada, porque cualquiera puede acompañarte a un restaurante, un concierto o un viaje.

Si ya he confirmado una y otra vez que soy perfectamente capaz de hacer las cosas solo y hasta disfrutarlas, ¿qué es exactamente lo que ese acompañante me agrega?

Sí, es cierto que ese asiento vacío en el carro camino a un concierto pesa mucho más. Pero, en fin, y de manera objetiva, el concierto no tiene peor audio por eso, el cantante no va a dejar de cantar mi canción favorita y yo no voy a dejar de gritarla como si fuera solo mía. Esa película no tiene un final distinto. Ese sushi no sabe distinto. Sin embargo, de una forma subjetiva, todo cambia.

Compartir un momento

Esa primera respuesta subjetiva podríamos explorarla desde la idea de que, en general, las cosas se sienten diferentes cuando son compartidas. No es un concepto nuevo para nosotros, pero ¿en verdad te vale quién sea?

Si seguimos con el ejemplo del concierto, un desconocido está sentado adelante, a tus costados y atrás, por no decir que literalmente estamos compartiendo un momento decenas, cientos o miles de personas. Pero, de alguna manera, eso se puede sentir exactamente igual que estar solo. Estar rodeado de personas no cambia la sensación inherente de soledad.

Por lo tanto, no basta con que haya personas presentes. Importa quiénes son esas personas.

No es lo mismo ese desconocido, que perfectamente se puede volver un amigo en el futuro, que alguien que ya tuviera un contexto sobre ti. A veces hace falta ese alguien que sabía desde antes lo mucho que estabas esperando ese concierto. Alguien que recuerde cuando dijiste que querías conocer París. Alguien que entienda por qué ese lugar especial te emociona tanto. Alguien que pueda ver tu reacción y simplemente entenderla sin que tengas que explicarle.

No es lo mismo contarle a una persona el recuerdo de algo que tener un recuerdo con esa persona.

El testigo continuo

Quizás entonces la respuesta ya no es “quiero compañía”. Tampoco puede ser “quiero cualquier conocido que me acompañe”. Es un poco más profundo que eso.

Es lo que ahora quiero llamar un testigo continuo, porque este testigo no es simplemente alguien que alguna vez estuvo ahí en un evento una sola vez. Es alguien más importante aún, alguien que ha podido presenciar, de forma indirecta o directa, suficientes momentos contigo para entender las relaciones entre ellos.

Se vuelve una persona que sabía quién eras antes, sabe quién eres hoy y quién quieres ser mañana. Recuerda tus sueños antes de que los cumplieses y conoció a tu personaje antes de que se convirtiera en un recuerdo de alguien que fue y ya no es. Alguien que estuvo en tus derrotas y es capaz de ver el peso que llevan tus victorias. Ha sido capaz de sufrir contigo y verte recuperar el brillo poco a poco.

Hay personas a las que les contamos el cuento. Hay personas a las que no se lo tenemos que contar porque son parte de él.

Y es un deseo o una forma de existir que me parece perfectamente humana. De cierto modo, todos o casi todos nosotros estamos siempre buscando testigos para nuestras vidas.

Pero sé que ya lo estás pensando: esas personas ya existen…

Una vida fragmentada entre testigos

Es cierto, no estamos realmente nunca sin algún testigo. El problema que veo es que están siempre fragmentados.

Una persona conoce tu infancia. Otra conoce la universidad. Otra recuerda ese viejo amor. Otra estuvo durante un duelo. Otra conoce quién eres ahora.

Nadie necesariamente conoce todas las etapas ni todas las historias y quizás nadie nunca lo haga, porque es imposible. Eso no hace que el deseo desaparezca…

Pero entonces puede aparecer una fatiga, ese cansancio abrumador de tener que proveer de contexto y armas a cada una de las personas a las que tengas la confianza de recontarles tu historia desde un inicio, o al menos lo suficiente para que puedan entender tu punto de vista.

Cuando le cuentas un problema a cierto amigo o amiga, quizás tienes que contarle también los últimos cinco años de tu vida y ese pequeño cuento de tu infancia para que entienda por qué te importa. A otra persona quizás no tienes que explicarle todo lo emocional, pero sí el lado profesional de tu vida, y a otra tienes que explicarle quién es fulanito antes de comenzar con el cuento.

Por lo tanto, me surge una pregunta más: ¿y si a veces no quiero más compañía, sino menos fragmentación?

Quizás lo que quiero es un alguien, una persona con quien no tenga que decidir… o recordar qué versión de mí le tengo que presentar, porque ya las conoce todas o, al menos, suficientes.

El dilema del hijo único

Posiblemente, hasta este momento, he explorado el deseo de un testigo haciéndolo ver como una necesidad universal del ser humano. Pero quizás la respuesta no sea simplemente si lo es o no. Probablemente lo sea para muchos y para muchos no.

Simplemente, en este intento de entender por qué tiene tanto peso como para crearme la necesidad de escribir este ensayo, termino siempre volviendo a un lugar de mi historia personal.

Ser hijo único.

Y por la mayor parte de mi vida nunca le vi una importancia más allá de ser otro dato biográfico de mí, como lo es para millones de personas en todo el mundo. Simplemente no tengo ni tuve hermanos al crecer, ¿y qué?

Sin embargo, conforme exploro mi propia forma de pensar y de ver el mundo, pero en especial al abordar este tema, quizás crecer sin un hermano o hermanos también significa crecer sin una figura muy particular que muchos sí tienen… alguien de tu misma generación, o suficientemente cercana, que estuvo básicamente obligado, casi por mera casualidad, a presenciar todos los inicios de tu vida.

Los hermanos no tienen por qué ser tus mejores amigos. Es más, pueden ser tu mayor enemigo por momentos, pero eso no impide que igual sean un testigo. Solo basta con que sean alguien que estuvo ahí.

Les tocó crecer en tu misma casa, con los mismos padres, con las mismas reglas, las mismas discusiones, las mismas comidas y enseñanzas. Tuvieron la misma televisión, el mismo horario para dormir, los mismos festejos familiares de fin de año y Navidad, y les tocó hacer ese mismo viaje que nadie quería hacer a la finca de tu tío. Sufrieron al mismo vecino que nunca dormía ni te dejaba dormir. Probablemente hasta recuerden momentos que tú ya olvidaste.

Hay historias familiares que dos hermanos son capaces de recordar con una simple mirada o al ver la misma foto. No porque por su propia voluntad hayan decidido o hasta querido compartirlas, sino simplemente porque no había otra opción.

Yo… nunca tendré eso.

Sí, es cierto que entonces mis padres son mis testigos. Ellos recuerdan toda mi infancia claramente y hasta mi adultez joven, pero lo hacen desde otro lado. Eran ellos quienes, mientras yo crecía, construían la casa, quienes ponían las reglas y quienes tenían que tomar todas las decisiones. Eran ellos quienes me llevaron a tantos lugares que ahora son bellos recuerdos.

Pero no había otro niño a mi lado en ese viejo Land Cruiser del 84. Nadie más que yo estaba descubriendo ese mundo donde crecí al mismo tiempo que yo.

Por eso pienso que quizás me resulta fascinante esa idea de un testigo continuo. No porque haya crecido abandonado o carente de buena compañía —sería un insulto a los increíbles padres que la vida me dio—, sino porque nunca tuve esa particular forma de continuidad compartida con alguien “igual”.

En mi vida no existe otra persona que pueda decir “¿recuerdas cómo éramos cuando teníamos aquella edad?” y estar pensando exactamente en las mismas situaciones.

Para mí, ese “éramos” nunca existió.

Por eso creo que quizás ahí encuentro la explicación de que ahora, adulto, me fascine tanto la posibilidad de construir ese éramos con alguien más.

Pero claro está que ahora no puedo volver al pasado y crear una persona que haya podido estar conmigo desde la infancia. Nadie que conozca ahora será capaz de recordar la casa que tenían mis padres cuando tenía diez años.

Pero sí puedo encontrar a alguien que esté conmigo en los próximos diez.

Alguien que algún día pueda recordar conmigo cómo éramos ahora.

O, dicho de otro modo, ya no puedo tener a alguien que recuerde conmigo toda la vida desde el principio, pero todavía puedo encontrar a alguien con quien empezar a recordar el resto de la vida desde ahora.

El hijo único… de inmigrantes

Pero, como no podía ser de otra forma, hay una parte más de mi historia personal que atraviesa esta idea que estoy formando sobre el deseo de un testigo continuo.

Soy hijo único… de inmigrantes.

Y esto no es que sea algo malo, no lo pienso ni lo puedo ver así. Somos millones los hijos de inmigrantes en todo el mundo y no estaría la humanidad acá si unos pocos valientes nunca hubieran decidido dejar atrás lo que conocen por la promesa de algo mejor.

Sin embargo, significa que crecí teniendo una visión del mundo distinta a la de quienes me rodeaban, al menos en su mayoría. Y volvemos al punto de que amar a alguien profundamente no va de la mano con compartir cada instante de tu vida cotidiana.

Toda mi familia estaba lejos.

Todas las historias que explicaban quiénes fueron y quiénes eran mis padres habían transcurrido en otros países, en otras épocas y antes de que yo existiera, además de, claramente, a miles de kilómetros de distancia de donde yo estaba creciendo. Mi familia consistía en personas que formaban y forman parte importante de mi identidad sin formar parte de ninguno de mis días.

Eso te produce una forma bastante extraña de cercanía y lejanía a la vez. Puedes conocer sus historias, hablarles con frecuencia, visitarlos, recordar momentos importantes y, sin embargo, pueden conocerte muchísimo sin haber estado ahí ese martes cualquiera cuando me peleé con mi jefa por una línea de código mal escrita por alguien más.

Pero la continuidad, ese testigo continuo, se construye precisamente ahí: en esos martes que no parecen tener nada especial como para que los recuerdes.

Y, por tanto, crecer así termina significando que inevitablemente tu propia historia existe dividida entre personas muy distintas y físicamente lejanas.

Hay familiares que, de cierto modo, te conocen muy bien, saben perfectamente de dónde vienes y por qué piensas así y, aun así, no saben quién eras todos los días después del colegio en Costa Rica. Son personas que te pueden contar historias increíbles sobre tus padres y la historia familiar, sobre lugares que no conociste.

Y los que te conocen acá quizás nunca hayan visto todos esos lugares y sucesos que construyeron su identidad.

En fin, tu historia familiar existe completa, pero no necesariamente reunida en un solo lugar.

La distancia no significa abandono. La ausencia no significa indiferencia. Muchas veces simplemente significa que la vida puso a las personas en lugares distintos. Pero entender racionalmente esa diferencia no necesariamente elimina el deseo de tener a alguien cerca.

Y no quiero que se entienda mal. No se trata solamente de encontrar amor, porque amor ya he tenido de muchas formas y desde muchos lugares, sino de algo más allá: se trata de encontrar presencia.

Una persona que no conozca mi vida principalmente a través de historias, llamadas, fotografías, redes sociales o visitas, sino porque estuvo allí mientras ocurría. Alguien para quien mi vida adulta no sea algo que deba ser contado después.

Por tanto:

  • Ser hijo único significó no tener a alguien de mi generación que compartiera mi comienzo.
  • Ser hijo de inmigrantes significó que muchas de las personas que sí formaban parte de mi historia vivieran lejos de mi cotidianidad.

Quizás ambas cosas me enseñaron, por caminos distintos, lo increíble que puede ser tener a alguien cerca durante mucho tiempo.

Crecí rodeado de amor, pero no precisamente de continuidad.

Tal vez por eso me gusta tanto la idea de construir con alguien una historia que no tenga que ser reconstruida después. Una historia en la que no sea necesario decir “te cuento lo que pasó”, porque la otra persona pueda responder:

“Lo sé. Yo estaba ahí.”

La continuidad… pero elegida

Entonces llegamos a otro punto inevitable: quizás lo que buscas no es un testigo cualquiera, ni un testigo continuo por obligación, sino un testigo continuo que decida serlo.

Una pareja.

Tus padres estuvieron allí porque naciste dentro de su vida. Tu familia llegó antes que tú. Tus amigos aparecen en diferentes capítulos.

Pero una pareja llega, aparece en tu vida y conoce una historia que ya empezó y que, bien o mal, ya le contaste con detalles y, aun así, de alguna manera casi increíble, dice:

“Quiero acompañar tu historia desde aquí.”

Y ese hecho de acompañar tu historia no son únicamente las cosas que no quieres hacer solo. No son solo esos conciertos a los que fuiste solo alguna vez, no es ese viaje a México, no son cenas elegantes en restaurantes Michelin.

Es justamente llenar todos los espacios banales también.

Llegar a saber qué desayuna una persona, aprender a reconocer cuándo está estresada, triste, feliz, ansiosa o molesta aunque diga lo contrario… Es escuchar ese mismo problema de cada tres días en el trabajo y reaccionar como si fuera la primera vez; es conocer a sus amigos, su familia, saber qué perfume le gustaba hace diez años y no volvió a conseguirlo; recordar la primera vez que te confesó un sueño y verla cumplirlo.

Una pareja ideal no solo comparte eventos.

Comparte tiempo.

La familia que construyes

Y entonces avanzamos un paso más. No buscamos un testigo cualquiera, no buscamos un testigo continuo por obligación y tampoco uno que, por decisión, solo comparta algunos momentos o nos dé amor y romance.

También puede existir el deseo de construir una continuidad familiar propia.

Mis padres me entregaron una hermosa historia que comenzó décadas antes de que yo siquiera estuviera en sus planes. Y yo continúo sus pasos a través de mi propia relación. Una relación a largo plazo no solo ofrece todo lo que ya hablamos y muchas cosas más, sino que ofrece una posibilidad, un sueño en común adicional…

Crear una historia cuyo comienzo sí recuerdas personalmente.

Dos extraños se conocen. Luego, con el tiempo, poco a poco acumulan aniversarios, viajes, pérdidas, mudanzas, amigos en común, pequeñas tradiciones, chistes incomprensibles para cualquiera que no sean ellos, metas y sueños tanto cumplidos como frustrados.

Hasta que, años después, ya no son solamente dos personas que se aman.

Son un archivo en común… un testigo continuo de la vida del otro y de la vida en conjunto.

Por tanto, en mi imaginario, como alguien cuya familia ya atravesó migraciones, distancias y discontinuidades, puede existir algo especialmente atractivo en imaginar una persona que empieza siendo extraña y con suficiente tiempo termina convirtiéndose en hogar…

Un deseo con mucho peligro

Pero en todo este deseo y el imaginario tan bonito que generan las heridas, tenemos que tener cuidado. Esto no es una defensa a capa y espada del cuento de hadas alrededor de encontrar a tu persona para siempre.

Desear este testigo continuo nos puede llevar a un extremo problemático para cualquier pareja: exigir demasiado de una persona. Una persona que puede amarnos mucho, pero que no puede cargar con todas las responsabilidades que normalmente tienen varias personas.

De forma contradictoria, a pesar de que lo que no queríamos era la fragmentación, es importante no creer que podemos exigirle entonces a una pareja serlo todo: amante, mejor amiga, familia, compañera de aventuras, archivo emocional, regulador de nuestra soledad y garantía contra el abandono.

Porque, al exigir esto, un deseo legítimo se vuelve una carga imposible.

Un testigo continuo es un deseo natural, pero exigirle omnipresencia no lo es. Al final, ningún testigo es verdaderamente continuo en su totalidad. Solo puede ser un ancla a la cual llegar al final del día.

Las personas se pueden ir, se pueden separar orgánicamente, cambian, mueren…

Por tanto, podemos tener testigos continuos y relaciones que existen por plazos largos de la vida. Pero una relación que termina deja detrás a alguien que todavía recuerda tu vida… aunque ya no participa de ella.

Existen personas en el mundo que conocen versiones nuestras que nadie volverá a conocer exactamente de esa manera.

Y, aun así, seguimos construyendo nuevos vínculos.

Acompañar ≠ Completar

Y entonces, ¿adónde nos lleva toda esta reflexión?

Pues quizás la reflexión más importante que logro ilustrar luego de esta exhaustiva revisión de la soledad y cómo combatirla es que querer compartir una vida con alguien no significa que nuestra vida sea incompleta sin esa persona.

Quizás un tema que no hablamos explícitamente, pero que a veces parece implícito, es que una vida no está completa sin compañía. Y quizás, en el sentido más amplio del concepto, es cierto: los humanos necesitamos compañía en algún momento.

Pero querer compañía y necesitar ser completado son cosas diferentes.

Puedes tener una vida completa y todavía desear que alguien la conozca más profundamente.

Puedes ser capaz de cruzar fronteras solo y aun así querer un asiento ocupado a tu lado.

Puedes aprender a no abandonar una experiencia porque nadie pudo acompañarte y, simultáneamente, conservar el deseo de algún día tener a alguien que normalmente sí quiera hacerlo.

Begleiten

Por tanto, begleiten, en mi caso, ya no es solo acompañar como una solución a la soledad.

Confirmamos que no significa salvarte de la soledad. No significa completarte como persona. Ni siquiera te promete que ese alguien va a estar ahí para siempre.

Significa caminar junto a alguien durante algún tiempo significativo de sus vidas y, a su vez, permitir que durante ese tiempo dos historias que comienzan separadas empiecen a tener recuerdos comunes; ser testigos continuos, pero temporales, de una vida compartida.

Quizás por eso sigo queriendo que alguien se siente en ese asiento vacío… No porque no sea capaz de manejar solo, sino porque hay caminos que, pudiendo recorrerlos solo, todavía quisiera algún día poder recordar en conjunto…

En alemán, Alleinsein significa estar solo. Hoy quiero explorar ese concepto, pero desde el miedo. Ese miedo que podemos tener a estar solos o, más específicamente, el miedo a hacer cosas solos.

En el último año aprendí a tener que hacer y vivir momentos especiales y muy importantes de mi vida… solo. Pero yo crecí siempre teniendo a alguien que me acompañara a cualquier cosa que quisiera hacer: ir a un concierto, conocer un restaurante, ir a la playa, viajar a otro país. Pero, claro, cuando quienes te acompañan son tus padres y no tienen otra opción porque eres menor de edad… y, además, hijo único… es normal.

Descubrí, muchos años después de llegada mi adultez, que tenía un disgusto casi irracional por hacer ciertas cosas solo. Soy perfectamente capaz de completar tareas cotidianas solo o de estar solo en casa y hasta podría decir que lo disfruto.

Pero cuando algo tiene algún valor adicional en mi imaginario, como ser un evento único o anual, un concierto, un restaurante nuevo, una película de estreno, una obra de teatro… nunca he sido capaz de disfrutarlo de la misma manera que cuando puedo compartir ese mismo evento con alguna otra persona.

Y no me malinterpreten: he sido capaz y seguiré siendo capaz de hacer cosas solo. A mis 28 años hice mi primer viaje solo a otro país. Un país que siempre había sido mi sueño conocer y que mucha gente asume que es muy inseguro y, aun así, decidí que esa sería mi primera aventura internacional en total soledad.

En ese viaje hice nuevos amigos, conocí personas increíbles y me quedé con muchísimos momentos de absoluta diversión y felicidad que construí solo. Y cuando algo tiene tantísimo valor agregado en tu mente, es más fácil digerir o soportar hacerlo solo.

Pero es justamente en los momentos intermedios cuando no es sencillo. Quizás viene de muchos miedos que podemos tener.

¿Qué pensará la gente de mí? Vine solo a un restaurante hermoso… vine solo al cine… vine solo a una presentación de ballet… ¿Será que nadie me quiere? ¿Será que no soy buena compañía?

Y, claramente, esas ideas no son ciertas ni tienen razón alguna para existir… sin embargo, existen.

Algo más extraño es que, estando solo en casa, nunca he necesitado hacerme estas mismas preguntas. Cuando estoy solo en casa, no me la paso preguntándome si nadie me quiere o me va a querer. Tampoco me pasa si salgo a hacer algunas compras cotidianas o si tengo que hacer un mandado. En esas situaciones, estar solo no es ESTAR SOLO como el miedo que describía antes. Simplemente no existe, no significa nada.

Pero solo se necesita que la experiencia tenga un mínimo valor más especial para que esta ausencia de alguien más comience a aparecer debajo de mi piel, como ese miedo que te da al escuchar un grito en la noche. Un asiento vacío en el carro camino a un concierto adquiere un peso mucho más grande que una de todas las sillas vacías en casa.

Y no es porque tenga alguna necesidad patológica —hasta donde lo puedo saber— de que alguien me cuide, me entretenga o hasta me diga qué hacer. Quizás es simplemente porque, como lo dije antes, hay momentos o situaciones que en mi cabeza simplemente fueron hechos para ser compartidos.

Acá es donde nos encontramos una increíble contradicción que, como todas las ideas que exploro, no sé cómo resolver completamente. Soy perfectamente capaz de viajar completamente solo a otro país, perderme en una ciudad que no conozco y construir recuerdos increíbles sin que nadie haya hecho el viaje conmigo. Pero, al mismo tiempo, puedo decidir dejar pasar un evento o una actividad sencilla y más pequeña, que quizás tenga mucho menos valor emocional inherente, por el simple hecho de que, después de preguntar e invitar a cinco personas, nadie pudo acompañarme.

Si lo piensas con detenimiento, es casi absurdo.

¿Por qué puedo cruzar una frontera solo, pero me cuesta atravesar la puerta de un restaurante solo?

Quizás sea porque, en un viaje extraordinario, los sueños, el ideal y la propia experiencia logran ser más grandes que el miedo. Hay tantas cosas que quiero ver, conocer, comer, descubrir, que te llenas de razones para estar ahí. Pero cuando te ves enfrentando momentos un poco menos importantes emocionalmente —quizás podríamos llamarlos intermedios—, cuando algo es lo bastante especial para querer vivirlo pero no tanto como para obligarme a ir de todos modos, el miedo encuentra un espacio mucho más grande para atacar.

He aprendido que claramente puedo estar solo y lo estoy.

Lo que todavía no sé es por qué, algunas veces, estar solo se siente tan parecido a haber sido dejado solo.

Y entonces vuelve a nosotros la pregunta:

¿Si nadie viene conmigo, sigue valiendo la pena ir?

¿Será que si puedo aprender a llegar?

Un poco de esto sonara a repeticion, pero les prometo que tiene otro final.

Últimamente descubrí que soy extraordinariamente eficiente para encontrar cosas que hacer. No necesariamente cosas importantes… Eso sería casi demasiado admirable, al contrario hablo de casi cualquier cosa.

Un café que podría haber tomado otro día. Una compra “pendiente”. Una conversación que se extiende un poco más. Un favor, que no me pidieron sino que ofreci. Una vuelta que no necesitaba dar. Una calle mas que, misteriosamente, siempre parece tener otra calle que recorrer después.

Y también existe una categoría particularmente peligrosa: las cosas que uno sí necesita, porque con esas no hay defensa posible.

Uno entra a comprar una herramienta y, de pronto, descubre que ha sobrevivido durante años en condiciones prácticamente inhumanas sin otros siete objetos que hace diez minutos ni siquiera sabía que existían. Y lo peor es que algunos realmente hacen falta y ese es el problema…La mejor excusa siempre tiene un poco de verdad.

Durante un tiempo pensé que simplemente me gustaba estar ocupado o al menos aparentarlo.

Queria pensar que estaba aprovechando los días. Que después de dias, semanas, meses o quizas años difíciles era lógico querer salir, ver gente, hacer mandados, resolver pendientes y recordar por unas horas que el mundo contiene muchísimas historias que no tienen absolutamente nada que ver contigo o muy poco. Y todo eso era verdad.

El problema con algunas “verdades” es que pueden ser ciertas y aun así no estar completas. Porque en algún momento empecé a notar algo. Cada vez que el día parecía estar terminando, aparecía una cosa más…

  • Una parada.
  • Una compra.
  • Un favor.
  • Una vuelta.

Algo que perfectamente podía esperar hasta mañana, pero que adquiría una importancia sospechosamente grande, justo cuando la alternativa era simplemente volver. Entonces apareció en mi mente una pregunta bastante incómoda:

¿Quería seguir haciendo cosas? ¿O simplemente no quería llegar? Parece la misma cosa pero no lo es.

───

Llegar tiene algo curioso y es que mientras uno está haciendo cosas existe una especie de tregua o trance aceptable en el que no hay nada mas,

  • Hay que manejar.
  • Hay que escoger.
  • Hay que conversar.
  • Hay que responder.
  • Hay que ayudar.

Hay que recordar qué era exactamente lo que uno vino a comprar antes de terminar caminando por un pasillo completamente distinto sosteniendo algo cuya utilidad estoy tratando de justificar en mi mente.

La vida, especialmente la inmediata, exige suficiente atención como para silenciar, aunque sea por un rato, las preguntas más grandes. Pero eventualmente uno termina… O debería terminar de hacer estas cosas.

Y creo que esa segunda parte es la que a veces cuesta. Porque terminar implica aceptar que ya no hay una tarea esperando.

  • No hay una conversación que seguir.
  • No hay alguien que necesite ayuda.
  • No hay una compra urgente.
  • No hay una excusa especialmente elegante para continuar moviéndose.

Uno llega. Apaga el carro o cuelga el paraguas. Entra. Cierra la puerta y de pronto ya no queda ninguna tarea suficientemente concreta para protegete de ti mismo. Solo queda el silencio.

───

El silencio, en ciertas partes, tiene muy mala reputación porque solemos describirlo como ausencia.

Pero el silencio casi nunca está vacío. A veces está lleno, lleno de trabajo, de miedos, del recuerdo de alguien que ya no está, de alguien que uno quisiera que estuviera ahi, de decisiones que llevamos meses sin querer tomar, de preguntas para las cuales todavía no tenemos una respuesta elegante o completa.

Entonces uno aprende un truco bastante sencillo: llenar el espacio antes de que el espacio se llene de uno.

Y lo más interesante es que ni siquiera hace falta hacer algo particularmente destructivo o elaborado para lograrlo.

Uno puede escapar siendo de algún modo hasta responsable a los ojos de alguien más. Uno puede escapar ayudando, escapar comprando algo que realmente necesitaba o puede escapar resolviendo pendientes sencillos. (Como esa telaraña que no habias querido quitar de aquella esquina del techo)

Puede escapar haciendo todas esas pequeñas cosas que, vistas desde afuera, parecen exactamente lo contrario de estar perdido. Y quizá por eso algunas formas de evasión son tan difíciles de reconocer… Porque de alguna forma producen resultados.

───

En todo esto encuentro que hay otra contradicción que me incomoda un poco más aún. Durante mucho tiempo me he quejado de estar demasiado ocupado. De tener demasiadas responsabilidades y de sentir que siempre hay alguien o algo necesitando una respuesta o mi energia.

Y, sin embargo, cuando finalmente aparece una tarde en la que nadie necesita nada, a veces soy perfectamente capaz de inventarme otras obligaciones.

Creo que para algunos sera igual y es extraño. Pasamos días enteros esperando tener tiempo libre. Y cuando finalmente llega, lo llenamos.

Quizás porque estar ocupado cansa, pero también de alguna forma que no puedo explicar completamente, tranquiliza. Las tareas y los quehaceres son claros.

  • Algo está roto: se arregla.
  • Algo falta: se compra.
  • Alguien necesita ayuda: le ayudas.

Hay una satisfacción casi matemática en eso, si le sumo uno mas obtengo 2. El problema aparece cuando te quieres hacer preguntas mas profundas sobre ti:

¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Qué quiero? ¿Qué estoy evitando? ¿Por qué hay personas que todavía extraño? ¿Qué hago con todo este tiempo que finalmente es mío?

Esas preguntas no tienen pasillo, precio ni caja registradora. No producen el pequeño placer de tachar algo de una lista. Así que, a veces, comprar otra cosa que necesitábamos desde hace apenas doce minutos resulta mucho más sencillo de aceptar.

───

Creo que durante mucho tiempo también confundí libertad con movimiento. Mientras pudiera salir, manejar, decidir dónde estar y cambiar de dirección cuando quisiera, podía demostrarme que seguía siendo dueño de mi vida.

Y entiendo de dónde viene porque hay épocas en las que demasiadas cosas parecen decidirse por nosotros.

  • El trabajo necesita algo.
  • La familia necesita algo.
  • Alguien está preocupado.
  • Alguien quiere saber dónde estamos.
  • Alguien necesita que respondamos.

Y poco a poco cosas tan pequeñas como salir de la casa dejan de sentirse pequeñas y en su lugar se convierten en declaraciones.

  • “Puedo irme.”
  • “Puedo escoger.”
  • “Todavía puedo decidir qué hago con esta noche.”

Pero en todas esas declaraciones, existe una ironía bastante cruel, y es que si te conveces de hacer algo solamente para demostrar que nadie puede obligarte a hacer lo contrario… si necesito salir cada vez que alguien quiere que me quede…Sigo sin ser completamente libre, en su lugar simplemente aprendí a obedecer al revés.

Y quizás la libertad verdadera sea bastante menos dramática y empoderada. Quizás solo consista en poder decir:

  • Hoy quiero salir… Y salir.

O puede ser:

  • Hoy quiero quedarme…Y quedarme.

Sin que ninguna de las dos decisiones tenga que demostrar absolutamente nada a nadie, ni si quiera a mi mismo.

───

En este viaje de aprender a llegar, también pensé mucho en la compañía. Porque sería injusto decir que buscar a otras personas siempre es una forma de escapar. Hay semanas en las que los amigos nos salvan de nosotros mismos y casi siempre es de maneras muy poco cinematográficas o dramaticas.

  • Un café.
  • Una conversación estúpida.
  • Ayudar a mover algo.
  • Recorrer una tienda opinando sobre cosas que nadie planeaba comprar hasta veinte minutos antes.
  • Escuchar durante media hora una historia que no tiene ninguna importancia histórica y, precisamente por eso, resulta maravillosa.

Siento que hay algo profundamente reparador en recordar que la vida de los demás continúa. Que mientras uno está teniendo una crisis existencial de proporciones al nivel de la Iliada, alguien simplemente necesita escoger una computadora o encontrar la herramienta correcta para poner una repisa.

Y quizás eso también sea una forma de cariño: prestarnos mutuamente un trocito de vida normal.

Por eso tampoco quiero convertir esta reflexión en una apologia a la soledad. No creo que la respuesta sea encerrarnos y obligarnos a “sentir nuestros sentimientos” hasta alcanzar alguna iluminación divina sobre la vida.

  • A veces uno necesita compañía.
  • A veces necesita ruido.
  • A veces necesita una noche que no signifique nada.

Eso también es vivir, siempre que haya un balance. La pregunta entonces es otra:

¿Qué ocurre cuando ya no podemos distinguir entre disfrutar del movimiento y tenerle miedo al momento en que se detiene?

───

Creo que aprender a estar solo no significa aprender a no necesitar a nadie. Esa idea siempre me ha parecido un poco triste y arraigada en principios contrarios a la naturaleza del ser humano, yo pienso que todos nos necesitamos para muchas cosas como:

  • Para reír.
  • Para amar.
  • Para escucharnos.
  • Para prestarnos perspectiva.
  • Para recordarnos quiénes somos cuando llevamos demasiado tiempo encerrados dentro de nuestra propia versión de los hechos.

Pero existe una diferencia entre compartir la vida con alguien y sentir que la vida necesita estar permanentemente ocupada para sentirse válida. Entre disfrutar un día lleno y no saber permitir que termine.

Quizás ahí haya algo que todavía estoy aprendiendo:

  • A permitir que algunos momentos no tengan una tarea.
  • A dejar que una tarde exista aunque no produzca nada.
  • A entender que una noche tranquila no es una noche desperdiciada.

A aceptar que estar en casa no necesariamente significa estar atrapado. Y, sobre todo, a descubrir que descansar no puede depender de haber terminado absolutamente todo lo que estaba pendiente o nos impuso alguien más. Porque si tenemos alguna certeza es que absolutamente nada realmente termina sino hasta que morimos.

  • Siempre hay otra compra.
  • Otro pendiente.
  • Otro mensaje.
  • Otro favor.
  • Otra cosa que podría hacerse hoy.

Si espero a que el mundo se quede sin tareas para permitirme detenerme, probablemente nunca voy a descansar. Quizas una tarea la logremos terminar y nunca vuelva pero llegara otra más para hacer.

───

Tal vez por eso ahora pienso diferente sobre la idea de “llegar a casa”, ya que siempre la entendí como el final de algo.

  • Uno vuelve del trabajo.
  • Vuelve de una salida.
  • Vuelve de un viaje.
  • Vuelve de ver a alguien.

Para mi, llegar era lo que ocurría cuando lo interesante ya había terminado. Ahora sospecho que quizás estaba equivocado. Tal vez aprender a llegar sea una parte importante de aprender a vivir.

Poder decir:

Por hoy fue suficiente…Aunque todavía haya cosas pendientes…Aunque mañana existan más lugares a los cuales ir...Aunque todavía haya preguntas sin resolver.

Cerrar la puerta sin sentir que el mundo interesante quedó del otro lado.

Sentarse. Escuchar cómo suena una casa cuando nadie necesita nada de uno. Y descubrir, poco a poco, que el silencio no siempre viene a cobrarnos cuentas pendientes. A veces solamente está ahí, esperando que dejemos de llenarlo lo suficiente como para darnos cuenta de que también podemos habitarlo.

Quizás descansar no sea terminarlo todo.

Quizás sea aprender a detenernos, aunque todavía quede algo por hacer.

Y quizás llegar no sea simplemente volver a un lugar.

Quizás sea aceptar que, por un rato, no necesitamos ir hacia ningún otro.

Tal vez nunca aprenda a llegar, pero lo intento…

Hubo una semana en la que llené todos los espacios vacios posibles que tuve…Quizas fue una semana o un mes o varios meses pero ya no lo recuerdo…

Salí, compré cosas, tomé café, ayudé a alguien, manejé sin rumbo, hablé de la vida, hice mandados que tenía pendientes y encontré nuevos mandados que, curiosamente, se volvieron urgentes apenas aparecieron frente a mí.

Durante varios días pensé que simplemente estaba siendo sociable. Que me estaba distrayendo. Que después de una semana difícil era normal querer hacer cosas, ver gente, aprovechar el tiempo.

Todo eso era cierto, pero no era toda la verdad. En algún momento en todo ese tiempo, entendí que no estaba buscando tantos lugares a los cuales ir.

Estaba buscando razones para no llegar.

Y lo curioso es que escapar no siempre se parece realmente a lo que pensamos con escapar. A veces no hay una maleta, una puerta cerrándose ni una decisión dramática. No nos esta persiguiendo un oso o Freddy…

A veces escapar es acordarse de una compra pendiente. Es casi magicamente descubrir que uno necesita algo justo ahora. Es agregar una parada más en tu ruta. Una conversación más con ese amigo. Una calle más antes de llegar…

Una tarea perfectamente razonable que podría hacerse mañana o quizas otro dia, pero que de pronto parece indispensable terminar hoy.

Y como todas esas cosas son útiles, cuesta mucho reconocerlas como una forma de evitar algo. Porque uno no está perdiendo el tiempo.

Al contrario, podrias argumentar que estás siendo productivo. Estás resolviendo. Estás haciendo cosas. Hasta que finalmente ya no queda nada suficientemente importante para seguir aplazando el momento de volver…

Entonces vuelves y te espera el silencio.Y últimamente el silencio había empezado a sentirse demasiado lleno. Como si algo mas estuviera contigo en la habitacion y el aire fuera mas pesado.

Lo curioso es que esa semana, mes o el tiempo que fuera, por lo general me lo pasé bien. Me reí. Vi gente que quiero. Compré cosas que realmente necesitaba y otras cuya necesidad seguramente la descubri con una cierta creatividad (A falta de otras palabras) cinco minutos antes de pagarlas y tambien escuché incontables historias que no tenían nada que ver conmigo…ni neceistaban ser oidas por mi.

Por eso tampoco quiero convertirlo en una tragedia.

A veces distraerse también es cuidarse.

A veces una tarde llena realmente es una tarde bien vivida.

Pero creo que existe una diferencia pequeña entre hacer cosas porque queremos hacerlas y seguir agregando cosas porque no sabemos qué hacer cuando finalmente se terminan.

Quizás no siempre escapamos de un lugar. A veces escapamos del momento en que ya no queda nada más que hacer. Y quizás descansar empiece justamente ahí: cuando dejamos de inventar una última parada y aceptamos que, por hoy, ya podemos llegar… y quizas ser…

Pero por eso me queda la pregunta ¿Cuando aprenderé a llegar?

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