Llegar
¿Será que si puedo aprender a llegar?
Un poco de esto sonara a repeticion, pero les prometo que tiene otro final.
Últimamente descubrí que soy extraordinariamente eficiente para encontrar cosas que hacer. No necesariamente cosas importantes… Eso sería casi demasiado admirable, al contrario hablo de casi cualquier cosa.
Un café que podría haber tomado otro día. Una compra “pendiente”. Una conversación que se extiende un poco más. Un favor, que no me pidieron sino que ofreci. Una vuelta que no necesitaba dar. Una calle mas que, misteriosamente, siempre parece tener otra calle que recorrer después.
Y también existe una categoría particularmente peligrosa: las cosas que uno sí necesita, porque con esas no hay defensa posible.
Uno entra a comprar una herramienta y, de pronto, descubre que ha sobrevivido durante años en condiciones prácticamente inhumanas sin otros siete objetos que hace diez minutos ni siquiera sabía que existían. Y lo peor es que algunos realmente hacen falta y ese es el problema…La mejor excusa siempre tiene un poco de verdad.
Durante un tiempo pensé que simplemente me gustaba estar ocupado o al menos aparentarlo.
Queria pensar que estaba aprovechando los días. Que después de dias, semanas, meses o quizas años difíciles era lógico querer salir, ver gente, hacer mandados, resolver pendientes y recordar por unas horas que el mundo contiene muchísimas historias que no tienen absolutamente nada que ver contigo o muy poco. Y todo eso era verdad.
El problema con algunas “verdades” es que pueden ser ciertas y aun así no estar completas. Porque en algún momento empecé a notar algo. Cada vez que el día parecía estar terminando, aparecía una cosa más…
- Una parada.
- Una compra.
- Un favor.
- Una vuelta.
Algo que perfectamente podía esperar hasta mañana, pero que adquiría una importancia sospechosamente grande, justo cuando la alternativa era simplemente volver. Entonces apareció en mi mente una pregunta bastante incómoda:
¿Quería seguir haciendo cosas? ¿O simplemente no quería llegar? Parece la misma cosa pero no lo es.
───
Llegar tiene algo curioso y es que mientras uno está haciendo cosas existe una especie de tregua o trance aceptable en el que no hay nada mas,
- Hay que manejar.
- Hay que escoger.
- Hay que conversar.
- Hay que responder.
- Hay que ayudar.
Hay que recordar qué era exactamente lo que uno vino a comprar antes de terminar caminando por un pasillo completamente distinto sosteniendo algo cuya utilidad estoy tratando de justificar en mi mente.
La vida, especialmente la inmediata, exige suficiente atención como para silenciar, aunque sea por un rato, las preguntas más grandes. Pero eventualmente uno termina… O debería terminar de hacer estas cosas.
Y creo que esa segunda parte es la que a veces cuesta. Porque terminar implica aceptar que ya no hay una tarea esperando.
- No hay una conversación que seguir.
- No hay alguien que necesite ayuda.
- No hay una compra urgente.
- No hay una excusa especialmente elegante para continuar moviéndose.
Uno llega. Apaga el carro o cuelga el paraguas. Entra. Cierra la puerta y de pronto ya no queda ninguna tarea suficientemente concreta para protegete de ti mismo. Solo queda el silencio.
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El silencio, en ciertas partes, tiene muy mala reputación porque solemos describirlo como ausencia.
Pero el silencio casi nunca está vacío. A veces está lleno, lleno de trabajo, de miedos, del recuerdo de alguien que ya no está, de alguien que uno quisiera que estuviera ahi, de decisiones que llevamos meses sin querer tomar, de preguntas para las cuales todavía no tenemos una respuesta elegante o completa.
Entonces uno aprende un truco bastante sencillo: llenar el espacio antes de que el espacio se llene de uno.
Y lo más interesante es que ni siquiera hace falta hacer algo particularmente destructivo o elaborado para lograrlo.
Uno puede escapar siendo de algún modo hasta responsable a los ojos de alguien más. Uno puede escapar ayudando, escapar comprando algo que realmente necesitaba o puede escapar resolviendo pendientes sencillos. (Como esa telaraña que no habias querido quitar de aquella esquina del techo)
Puede escapar haciendo todas esas pequeñas cosas que, vistas desde afuera, parecen exactamente lo contrario de estar perdido. Y quizá por eso algunas formas de evasión son tan difíciles de reconocer… Porque de alguna forma producen resultados.
───
En todo esto encuentro que hay otra contradicción que me incomoda un poco más aún. Durante mucho tiempo me he quejado de estar demasiado ocupado. De tener demasiadas responsabilidades y de sentir que siempre hay alguien o algo necesitando una respuesta o mi energia.
Y, sin embargo, cuando finalmente aparece una tarde en la que nadie necesita nada, a veces soy perfectamente capaz de inventarme otras obligaciones.
Creo que para algunos sera igual y es extraño. Pasamos días enteros esperando tener tiempo libre. Y cuando finalmente llega, lo llenamos.
Quizás porque estar ocupado cansa, pero también de alguna forma que no puedo explicar completamente, tranquiliza. Las tareas y los quehaceres son claros.
- Algo está roto: se arregla.
- Algo falta: se compra.
- Alguien necesita ayuda: le ayudas.
Hay una satisfacción casi matemática en eso, si le sumo uno mas obtengo 2. El problema aparece cuando te quieres hacer preguntas mas profundas sobre ti:
¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Qué quiero? ¿Qué estoy evitando? ¿Por qué hay personas que todavía extraño? ¿Qué hago con todo este tiempo que finalmente es mío?
Esas preguntas no tienen pasillo, precio ni caja registradora. No producen el pequeño placer de tachar algo de una lista. Así que, a veces, comprar otra cosa que necesitábamos desde hace apenas doce minutos resulta mucho más sencillo de aceptar.
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Creo que durante mucho tiempo también confundí libertad con movimiento. Mientras pudiera salir, manejar, decidir dónde estar y cambiar de dirección cuando quisiera, podía demostrarme que seguía siendo dueño de mi vida.
Y entiendo de dónde viene porque hay épocas en las que demasiadas cosas parecen decidirse por nosotros.
- El trabajo necesita algo.
- La familia necesita algo.
- Alguien está preocupado.
- Alguien quiere saber dónde estamos.
- Alguien necesita que respondamos.
Y poco a poco cosas tan pequeñas como salir de la casa dejan de sentirse pequeñas y en su lugar se convierten en declaraciones.
- “Puedo irme.”
- “Puedo escoger.”
- “Todavía puedo decidir qué hago con esta noche.”
Pero en todas esas declaraciones, existe una ironía bastante cruel, y es que si te conveces de hacer algo solamente para demostrar que nadie puede obligarte a hacer lo contrario… si necesito salir cada vez que alguien quiere que me quede…Sigo sin ser completamente libre, en su lugar simplemente aprendí a obedecer al revés.
Y quizás la libertad verdadera sea bastante menos dramática y empoderada. Quizás solo consista en poder decir:
- Hoy quiero salir… Y salir.
O puede ser:
- Hoy quiero quedarme…Y quedarme.
Sin que ninguna de las dos decisiones tenga que demostrar absolutamente nada a nadie, ni si quiera a mi mismo.
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En este viaje de aprender a llegar, también pensé mucho en la compañía. Porque sería injusto decir que buscar a otras personas siempre es una forma de escapar. Hay semanas en las que los amigos nos salvan de nosotros mismos y casi siempre es de maneras muy poco cinematográficas o dramaticas.
- Un café.
- Una conversación estúpida.
- Ayudar a mover algo.
- Recorrer una tienda opinando sobre cosas que nadie planeaba comprar hasta veinte minutos antes.
- Escuchar durante media hora una historia que no tiene ninguna importancia histórica y, precisamente por eso, resulta maravillosa.
Siento que hay algo profundamente reparador en recordar que la vida de los demás continúa. Que mientras uno está teniendo una crisis existencial de proporciones al nivel de la Iliada, alguien simplemente necesita escoger una computadora o encontrar la herramienta correcta para poner una repisa.
Y quizás eso también sea una forma de cariño: prestarnos mutuamente un trocito de vida normal.
Por eso tampoco quiero convertir esta reflexión en una apologia a la soledad. No creo que la respuesta sea encerrarnos y obligarnos a “sentir nuestros sentimientos” hasta alcanzar alguna iluminación divina sobre la vida.
- A veces uno necesita compañía.
- A veces necesita ruido.
- A veces necesita una noche que no signifique nada.
Eso también es vivir, siempre que haya un balance. La pregunta entonces es otra:
¿Qué ocurre cuando ya no podemos distinguir entre disfrutar del movimiento y tenerle miedo al momento en que se detiene?
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Creo que aprender a estar solo no significa aprender a no necesitar a nadie. Esa idea siempre me ha parecido un poco triste y arraigada en principios contrarios a la naturaleza del ser humano, yo pienso que todos nos necesitamos para muchas cosas como:
- Para reír.
- Para amar.
- Para escucharnos.
- Para prestarnos perspectiva.
- Para recordarnos quiénes somos cuando llevamos demasiado tiempo encerrados dentro de nuestra propia versión de los hechos.
Pero existe una diferencia entre compartir la vida con alguien y sentir que la vida necesita estar permanentemente ocupada para sentirse válida. Entre disfrutar un día lleno y no saber permitir que termine.
Quizás ahí haya algo que todavía estoy aprendiendo:
- A permitir que algunos momentos no tengan una tarea.
- A dejar que una tarde exista aunque no produzca nada.
- A entender que una noche tranquila no es una noche desperdiciada.
A aceptar que estar en casa no necesariamente significa estar atrapado. Y, sobre todo, a descubrir que descansar no puede depender de haber terminado absolutamente todo lo que estaba pendiente o nos impuso alguien más. Porque si tenemos alguna certeza es que absolutamente nada realmente termina sino hasta que morimos.
- Siempre hay otra compra.
- Otro pendiente.
- Otro mensaje.
- Otro favor.
- Otra cosa que podría hacerse hoy.
Si espero a que el mundo se quede sin tareas para permitirme detenerme, probablemente nunca voy a descansar. Quizas una tarea la logremos terminar y nunca vuelva pero llegara otra más para hacer.
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Tal vez por eso ahora pienso diferente sobre la idea de “llegar a casa”, ya que siempre la entendí como el final de algo.
- Uno vuelve del trabajo.
- Vuelve de una salida.
- Vuelve de un viaje.
- Vuelve de ver a alguien.
Para mi, llegar era lo que ocurría cuando lo interesante ya había terminado. Ahora sospecho que quizás estaba equivocado. Tal vez aprender a llegar sea una parte importante de aprender a vivir.
Poder decir:
Por hoy fue suficiente…Aunque todavía haya cosas pendientes…Aunque mañana existan más lugares a los cuales ir...Aunque todavía haya preguntas sin resolver.
Cerrar la puerta sin sentir que el mundo interesante quedó del otro lado.
Sentarse. Escuchar cómo suena una casa cuando nadie necesita nada de uno. Y descubrir, poco a poco, que el silencio no siempre viene a cobrarnos cuentas pendientes. A veces solamente está ahí, esperando que dejemos de llenarlo lo suficiente como para darnos cuenta de que también podemos habitarlo.
Quizás descansar no sea terminarlo todo.
Quizás sea aprender a detenernos, aunque todavía quede algo por hacer.
Y quizás llegar no sea simplemente volver a un lugar.
Quizás sea aceptar que, por un rato, no necesitamos ir hacia ningún otro.
Tal vez nunca aprenda a llegar, pero lo intento…