Alleinsein
En alemán, Alleinsein significa estar solo. Hoy quiero explorar ese concepto, pero desde el miedo. Ese miedo que podemos tener a estar solos o, más específicamente, el miedo a hacer cosas solos.
En el último año aprendí a tener que hacer y vivir momentos especiales y muy importantes de mi vida… solo. Pero yo crecí siempre teniendo a alguien que me acompañara a cualquier cosa que quisiera hacer: ir a un concierto, conocer un restaurante, ir a la playa, viajar a otro país. Pero, claro, cuando quienes te acompañan son tus padres y no tienen otra opción porque eres menor de edad… y, además, hijo único… es normal.
Descubrí, muchos años después de llegada mi adultez, que tenía un disgusto casi irracional por hacer ciertas cosas solo. Soy perfectamente capaz de completar tareas cotidianas solo o de estar solo en casa y hasta podría decir que lo disfruto.
Pero cuando algo tiene algún valor adicional en mi imaginario, como ser un evento único o anual, un concierto, un restaurante nuevo, una película de estreno, una obra de teatro… nunca he sido capaz de disfrutarlo de la misma manera que cuando puedo compartir ese mismo evento con alguna otra persona.
Y no me malinterpreten: he sido capaz y seguiré siendo capaz de hacer cosas solo. A mis 28 años hice mi primer viaje solo a otro país. Un país que siempre había sido mi sueño conocer y que mucha gente asume que es muy inseguro y, aun así, decidí que esa sería mi primera aventura internacional en total soledad.
En ese viaje hice nuevos amigos, conocí personas increíbles y me quedé con muchísimos momentos de absoluta diversión y felicidad que construí solo. Y cuando algo tiene tantísimo valor agregado en tu mente, es más fácil digerir o soportar hacerlo solo.
Pero es justamente en los momentos intermedios cuando no es sencillo. Quizás viene de muchos miedos que podemos tener.
¿Qué pensará la gente de mí? Vine solo a un restaurante hermoso… vine solo al cine… vine solo a una presentación de ballet… ¿Será que nadie me quiere? ¿Será que no soy buena compañía?
Y, claramente, esas ideas no son ciertas ni tienen razón alguna para existir… sin embargo, existen.
Algo más extraño es que, estando solo en casa, nunca he necesitado hacerme estas mismas preguntas. Cuando estoy solo en casa, no me la paso preguntándome si nadie me quiere o me va a querer. Tampoco me pasa si salgo a hacer algunas compras cotidianas o si tengo que hacer un mandado. En esas situaciones, estar solo no es ESTAR SOLO como el miedo que describía antes. Simplemente no existe, no significa nada.
Pero solo se necesita que la experiencia tenga un mínimo valor más especial para que esta ausencia de alguien más comience a aparecer debajo de mi piel, como ese miedo que te da al escuchar un grito en la noche. Un asiento vacío en el carro camino a un concierto adquiere un peso mucho más grande que una de todas las sillas vacías en casa.
Y no es porque tenga alguna necesidad patológica —hasta donde lo puedo saber— de que alguien me cuide, me entretenga o hasta me diga qué hacer. Quizás es simplemente porque, como lo dije antes, hay momentos o situaciones que en mi cabeza simplemente fueron hechos para ser compartidos.
Acá es donde nos encontramos una increíble contradicción que, como todas las ideas que exploro, no sé cómo resolver completamente. Soy perfectamente capaz de viajar completamente solo a otro país, perderme en una ciudad que no conozco y construir recuerdos increíbles sin que nadie haya hecho el viaje conmigo. Pero, al mismo tiempo, puedo decidir dejar pasar un evento o una actividad sencilla y más pequeña, que quizás tenga mucho menos valor emocional inherente, por el simple hecho de que, después de preguntar e invitar a cinco personas, nadie pudo acompañarme.
Si lo piensas con detenimiento, es casi absurdo.
¿Por qué puedo cruzar una frontera solo, pero me cuesta atravesar la puerta de un restaurante solo?
Quizás sea porque, en un viaje extraordinario, los sueños, el ideal y la propia experiencia logran ser más grandes que el miedo. Hay tantas cosas que quiero ver, conocer, comer, descubrir, que te llenas de razones para estar ahí. Pero cuando te ves enfrentando momentos un poco menos importantes emocionalmente —quizás podríamos llamarlos intermedios—, cuando algo es lo bastante especial para querer vivirlo pero no tanto como para obligarme a ir de todos modos, el miedo encuentra un espacio mucho más grande para atacar.
He aprendido que claramente puedo estar solo y lo estoy.
Lo que todavía no sé es por qué, algunas veces, estar solo se siente tan parecido a haber sido dejado solo.
Y entonces vuelve a nosotros la pregunta:
¿Si nadie viene conmigo, sigue valiendo la pena ir?